Muchas veces cuando gente nueva entra con toda la buena voluntad y disposición a saber de que va esto de las artes marciales se queda que la situación le supera o bien se queda asustado por culpa de alguna lesión o molestia que se ha hecho al entrenar o practicar.
De toda esta guisa nos quedamos con los interrogantes típicos de que podríamos hacer o podríamos haber hecho para evitar tal situación sin por ello dejar de practicar y entrenar como se debe.
Varias son las cosas que hemos de tener en cuenta. Los que llevamos mucho tiempo dando vueltas por un tatami, y mas si es de jovencillos, nos olvidamos con suma facilidad de lo duro y desconcertante que pueden ser los comienzos.
Empezar cualquier actividad física con ciertas peculiaridades ya con unos años y con la perspectiva del entretenimiento hacen que las dolencias, las molestias o las lesiones mas o menos graves de practicar una actividad física de contacto hagan desistir a muchos practicantes. A veces la incomprensión por parte de los mas veteranos de tales escollos, hacen aumentar si mas cabe el abismo que a veces separa a practicantes veteranos de los recién llegados.
Lo que un veterano, da por hecho como algo habitual que no altera su percepción de la obligación o deber de seguir entrenando, para uno “nuevo” le supone un abismo que ha de superar. Y muchas veces no sabe gestionar.
El papel del sensei en este caso se convierte en esencial. Tanto en la perspectiva de gestionar para que no ocurra, como al ocurrir (ya que habrá veces que no se puede evitar) saber gestionar las consecuencias posteriores para que ello no se convierta en motivo de “deserción”.
Por un lado la actitud del sensei y de los alumnos mas veteranos de comprensión, sin confundirlo con la compasión o la condescendía. Tratando las cosas en su justa medida y con perspectiva pero siendo capaces de empatizar con las circunstancias de un novato que difieren de las de uno mas “curtido”.
Tratar a los nuevos como si fuesen de cristal o llevarlos entre algodones tampoco es correcto. Estamos ante una arte marcial y ello presupone rigor y seriedad, pero en ningún caso crueldad o masoquismo gratuitos.
Hay que saber cuando trabajar por niveles, es decir, cuando los menos expertos han de trabajar entre ellos, y cuando es conveniente u oportuno que los más veteranos trabajen con otros que acaben de empezar. El criterio para ello dependerá de varias consideraciones:
- La complejidad tanto técnica como física de la actividad o ejercicio concreto.
- Las características de los sujetos que trabajaran entre si.
No acertar en la disposición tanto de los grupos de trabajo como de los tipos de ejercicios a ejecutar conlleva muchas veces que se creen posteriormente dinámicas de trabajo poco positivas y que impiden el desarrollo de determinadas habilidades. En muchos dojos se hace o bien un café para todos, o bien se practica una segregación por niveles, cercano a las castas de la India.
En los dos casos los novatos sufren, y se pierden por el camino personas que podrían haber seguido sin ningún problema. Sin olvidar que el sistema de segregación por “castas” crea unas dinámicas de grupo que van más allá de las jerarquías intrínsecas de las artes marciales y todos sus ritos y ceremoniales.
Reitero la importancia de la práctica entre alumnos de diferentes niveles, es beneficioso para las dos partes, pero siguiendo los criterios anteriormente apuntados. El trabajo empieza des del primer día, con cada alumno, al hacerle partícipe no solo del trabajo duro y responsable, sinó también de cuidar a sus otros compañeros durante la práctica. Trabajar la paciencia, la comprensión y el sentido de la medida, en atención a cada uke es esencial.
Sensei y senpais tienen una responsabilidad. Muchas veces los senpais consideran una molestia todo esto, un obstáculo a la libre práctica, a la práctica que les permita seguir avanzando. La sensación de haber de contenerse es un impedimento para trabajar como se debe es común a determinado nivel en ciertos practicantes. El problema reside en una mala comprensión del papel entre uke y toris en el largo camino del aprendizaje de la técnica.
Todo esto difícil, y la verdad no basta con practicar en silencio y no “romper” a nadie. El hastío, la incomodidad de tener que contenerse o sentimientos parecidos en un alumno con más tiempo al tener que practicar con un novato y los “problemas” que ello conlleva se transmiten a través de la propia práctica a nuestro compañero. Nuestro estado anímico se transmite a través de la ejecución de la técnica, para bien o para mal. Se siente en la piel, de ello hemos de ser conscientes. Tanto nuestro estado anímico general, como nuestro nivel emocional en concreto, en ese instante se transmiten a través de nuestras manos al agarrar o ser agarrados por alguien y practicar.
Lo que supone que nuestro interlocutor en la practica se de cuenta de nuestra buena o mala disposición al entrenar con él o sin él. Y no olvidemos que a nadie le gusta sentirse rechazado o menospreciado por ser menos “experto”. Todos hemos pasado por ello, y en su momento alguien no hubo de guiar y “aguantar” hasta que dimos el nivel.
En conclusión cuidarnos a nosotros mismos y cuidar al prójimo, tanto para que no se haga daño, como cuando se lo hace ayudarle a superarlo y a superarse. Fácil decirlo pero harto complejo llevarlo a la realidad. Un esfuerzo diario que nunca ha de olvidarse.
Euclides
































